Ahora se conocerá al verdadero Macri

Mauricio Macri llegó al gobierno por una serie de circunstancias
extraordinarias que sorprendieron a todos. Incluso a él. Fue por poco más de dos puntos y nadie sabe qué hubiera
sucedido si Aníbal Fernández no hubiera sido el candidato del
kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires.

Siendo la primera experiencia política que llegaba al gobierno sin
ser ni peronista ni radical, con una diferencia mínima de votos
con quien había gobernado doce años, con el siempre amenazante
peronismo en la oposición y sin mayoría en ninguna de las
cámaras, el macrismo se manejó muchas veces con una cautela
política producto de esos condicionamientos políticos.
También desde lo económico, la desactivación de bombas como
el cepo cambiario, la inflación, el conflicto con los fondos buitres
y el déficit fiscal, lo obligó a flexibilizar un inicial impulso de
medidas duras para dar lugar a lo que se llamó “gradualismo”.
El resultado de las PASO ya había demostrado que el macrismo
ganó la batalla por la gobernabilidad, una cualidad que en la
Argentina no resulta obvia para una administración que no se dice
heredera de Perón.
Pero recién con la confirmación de que es la agrupación política
más votada del país, se ratifica que esta alianza social inédita que
suma porciones de distintas clases sociales, se afianza como
opción permanente de poder.
Ahora, con la reiteración de un triunfo electoral tras el de 2015 y
de las últimas PASO (en medio de un ajuste con crisis
económica), habiéndole ganado a la propia Cristina Kirchner y
con un peronismo que se mantiene dividido y con los primeros
síntomas de cierta recuperación económica, el macrismo podrá
demostrar su verdadera cara. Y todo indica que no será la misma
que mostró hasta aquí.

Durante estos dos años, el Presidente dio señales de incomodidad
por los límites que le imponían tanto la política como la
economía. A su gen empresario le cuesta aceptar que haya
medidas que no puedan ser aplicadas automáticamente: quizá
ahora descubra el incentivo de que todo lo que piense puede
convertirse en realidad.
Tener más poder le abre la posibilidad de ser más compasivo sin
parecer débil y de dejar de usar la grieta como una herramienta
que puede ser muy útil electoralmente pero que destruye el capital
social del país.
También acrecienta el riesgo natural que conlleva el poder y que
se conoce como hubris.
Si logra transformar el respaldo de estas elecciones en un motor
adicional de su gestión para llevar a cabo lo que crea conveniente,
para dar más previsibilidad a los inversores, sin la soberbia con la
que tienta el triunfo, los próximos dos años pueden ser mejores
para él y para todos.

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