“El sufrimiento de los niños es el lugar en el que somos acorralados”

Lo dice el narrador cuando la historia se encuentra avanzada: “Las narraciones y crónicas son como los mapas. De un lado quedan los colores grandes y sólidos de los continentes, esos episodios colectivos que todos recuerdan. Del otro, las profundidades de las emociones privadas, los océanos”. En su República luminosa, ganadora del Premio Herralde de Novela 2017, el escritor español Andrés Barba abre una reflexión sin ambages sobre la infancia y la pérdida de la inocencia, con una historia inquietante, que incomoda al lector y lo obliga a reformular sus propios conceptos sobre un territorio que siempre hemos defendido como un espacio intocable. Son 32 los niños (número elegido al azar por el autor) que de la nada un día irrumpen en el pueblo de San Cristóbal, al borde de la selva. Son ariscos, violentos, roban y se constituyen en una amenaza. Trastocan la vida de ese pueblo donde nunca pasa nada, hasta que pasa lo peor. Y obligan a cada grupo humano, a cada individuo, a tomar posición respecto del asunto.En Buenos Aires (la mujer de Barba es argentina), el escritor explica cuándo y cómo se le ocurrió el germen de la novela: durante una traducción de Joseph Conrad. Para el escritor, Conrad apostó siempre a revisar la realidad desde la ficción porque le parecía más eficaz. Lo define como “un escritor moral, no moralista, que se tomó tan en serio la literatura que hizo una propuesta moral sobre el mundo a través de ella”.-¿Ya le dijeron que la novela es un cross a la mandíbula?- (Se ríe) Pues no de ese modo. Uno escribe un texto y al final sucede algo. No ha nacido con una voluntad polémica. Si la literatura acaba siendo un cross a la mandíbula tiene que serlo de manera involuntaria. A mí los libros sobre niños siempre me han interesado mucho. Sobre todo los que ponen en compromiso los valores establecidos en la sociedad y los lugares en que nos sentimos temblar. Uno de ellos es la violencia, no de aquella que tiene a los niños como víctimas, sino la que protagonizan, porque compromete esa mitología que arrastramos desde la Ilustración sobre la infancia como paraíso, como lugar de luz. Uno hace un proceso de investigación sobre los prejuicios y las ideas preconcebidas que van lastrando nuestra percepción de la realidad, y trae ese espacio a la realidad. En el fondo, cualquier libro es un diálogo con nuestros contemporáneos.”Para mí era interesante poner la infancia sobre la mesa, sin disfraces, y por otro lado tratar de exponer en una narración la forma en que una sociedad va protegiéndose poco a poco de algo que no puede aceptar de sí misma.”-Saramago buscaba con sus libros el desasosiego del lector. ¿Por qué escribe usted?-Escribo para entender lo que no entiendo o para intentarlo. La novela es, en principio, un proceso de investigación privada sobre algo, porque lejos de controlar todo, tengo una aproximación filosófica. Si no consigo entender algo escribiendo el libro, no tiene sentido hacerlo. Hay una primera parte del libro que es “onanista”, muy privado, porque busco terrenos de sombras que deseo conocer y utilizo la literatura como una vía de aproximación y de conocimiento.-Como europeo, ¿qué idea tuvo en mente al escribir esta novela?-Creo que el niño en la calle es la expresión de la falla total del sistema. Cuando vemos un niño totalmente abandonado a su suerte, no hay encarnación más elocuente de que el sistema no funciona. El niño es el interpelador máximo. Hay una frase fantástica de Los hermanos Karamazov, que dice: “No me interesa la cantidad de maravillas que pueda producir esta fábrica que es el mundo si es a costa de la lágrima de un solo niño”. El sufrimiento de los niños es el lugar en el que somos acorralados, desde el punto de vista moral y mental, y a la vez es un punto de fuga infinito. Además nos coloca en un lugar incómodo. A título individual, pero también como personas sociales, nos excusamos diciendo que hay situaciones relativas a los niños que están fuera de nuestro control. Para mí era interesante poner la infancia sobre la mesa, sin disfraces, y por otro lado tratar de exponer en una narración la forma en que una sociedad va protegiéndose poco a poco de algo que no puede aceptar de sí misma: su responsabilidad en la muerte de esos 32 niños. Mirá también Niños atroces pueblan la novela que ganó el Premio Herralde-Y eligió como escenario un pueblo chico, no una ciudad.-Tenía claro que quería hacer una fábula política. Algunas referencias literarias están claras. Como la de Conrad, que es evidente. Me fascinaba el espíritu de Conrad –tras traducir 2000 páginas suyas con mi mujer- que sitúa siempre este conflicto de civilización y barbarie en un entorno natural, que genera una empatía respecto de que la historia podría transcurrir en numerosos lugares del mundo. Esa conexión con la naturaleza borraba la cronología y el elemento natural ejercía presión sobre los personajes, por ejemplo, el río y la selva son dos personajes más. Y además sirven para determinar quién es violento, y ponen en discusión los valores supuestamente civilizados con los que la sociedad de San Cristóbal intentan reconducir a esos 32 niños. Es la naturaleza la que pone en debate hasta qué punto son reales nuestros valores cívicos. Tenía claro durante el proceso de escritura que quería tratar la violencia protagonizada por niños, pero lo que más me interesaba era describir lo que Habermas definía como una “verdad consensuada”, por eso el protagonista cuenta la historia con una distancia de 20 años. El lector puede ver cómo confluyen diversos discursos sobre un episodio traumático en un pueblo, y el modo en que esa confluencia de discursos muchas veces contradictorios entre sí conforman una verdad sobre lo que pasó. Determinar la verdad sobre unos hechos es un ejercicio de poder político; quien decide qué ha ocurrido en un lugar determinado es el ejercicio de poder de la Historia, por antonomasia. Quería que el lector viera cuáles son las intervenciones que provocan abuso de poder sobre lo ocurrido y cómo se entrelazan los impactos colectivos con las vidas privadas, que conforman el relato colectivo. Cada uno de nosotros es, en una medida, la historia colectiva.-¿Por qué para su narrador, la infancia es más poderosa que la ficción?-Porque a pesar de todos los asaltos culturales a la infancia, tratando de explicarla desde un lugar completamente falso, se resiste y se corre de lugar. Está al margen de todos los discursos. Sea cual sea nuestra intención de cercarla, al final la infancia es un terreno misterioso que se desliza a un terreno de sombras. La infancia es una proyección de los adultos sobre una edad que ya no tenemos. La infancia es una invención cultural. Y en nuestra sociedad que ya no cree en prácticamente nada, ese mito de la inocencia aparece como una zona de protección.

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