Ausencia de la mujer judía en la historia local

Sandra McGee Deutsch guarda un recuerdo. Estaba realizando sus estudios sobre los movimientos nacionalistas en Brasil, Argentina y Chile, cuando se encontró con un enorme material sobre los inmigrantes judíos. Pero entonces notó una ausencia: en ninguno de los documentos se hacía referencia a las mujeres. Fue así como surgió este trabajo, Cruzar fronteras, reclamar una nación (FCE), donde esta doctora en Historia de la Universidad de Florida analiza en extenso a las mujeres judías en nuestro país desde la conformación del Estado hasta la caída del gobierno de Perón. En su opinión, el retrato sirve además para pensar la cuestión de la raza, un campo yermo en estas latitudes, que sin dudas reclama estudios y preguntas ulteriores.–¿Cómo surge su interés por la historia de las mujeres judías? Sobre todo si consideramos que su campo de estudio centrado en el nacionalismo, en nuestro país está muy ligado a los sectores católicos…–Siempre me interesó estudiar a los inmigrantes y, en especial, a los judíos. El tema del nacionalismo, que yo estudié por tanto tiempo, está entrelazado con el antisemitismo. Justamente fue investigando los movimientos nacionalistas en la Argentina, Brasil y Chile, que accedí a una cantidad de publicaciones sobre la historia de judíos en la Argentina y me di cuenta de que los textos omitían a las mujeres, que constituían la mitad de la población. En verdad vi pocas obras sobre mujeres de cualquier origen inmigratorio.–¿Cómo juega entonces, en su opinión, la cuestión del género?–Desde mis primeros escritos sobre el nacionalismo había incluido cuestiones de género. Si las mujeres no aparecen en los textos históricos, hay que preguntarse por qué, dónde están, y cómo su inserción cambiaría nuestras percepciones de los eventos. Por ejemplo, los estudios tradicionales de las colonias agrícolas judías no incluyeron a las mujeres, se concentraron en la política interna, como la formación de cooperativas y los conflictos con la Jewish Colonization Association. Pero estudiar las colonias desde el punto de vista de las mujeres revela otros temas: las escuelas y la capacitación de maestras, la filantropía, la vida social y cultural, y en general lo cotidiano. Recuperar las voces femeninas ayuda a matizar y complejizar las narrativas históricas. Si las mujeres forman parte de la historia, deberían integrar la historia de los argentinos judíos.–En el inicio del libro usted plantea cómo una tensión entre su centralidad y marginalidad configura el destino de estas mujeres. ¿A qué se refiere?–Exacto, eran marginalizadas por ser mujeres en una comunidad y una sociedad dominadas por hombres, y por ser judías en un país mayormente católico. Estaban excluidas mayormente del sistema político y de la política interna de las colectividades judías. En las colonias, les tocó a las maestras judías, recién llegadas al país o a miembros de la primera generación nacida en el país, transmitir la cultura nacional y el nacionalismo –por cierto un nacionalismo liberal– a sus alumnos criollos y judíos en las escuelas públicas. También organizaban las fiestas patrias, bibliotecas y actividades culturales, así que ocupaban roles centrales en estos pueblos. En las ciudades algunas pudieron transformar estas barreras en ventajas, por ejemplo las prescripciones de género facilitaban su entrada en la medicina.–¿Y cómo caracterizaría las primeras olas migratorias? Porque hablamos, en realidad, de una identidad diversa, integrada por distintos grupos.–En efecto, los judíos del Mediterráneo empezaron a llegar primero alrededor de 1880, se los conoce como sefardíes. Los judíos de Europa Oriental, los ashkenazis, hablantes de Idish, comenzaron a llegar masivamente a fines de 1880 y sus descendientes constituyen la mayoría de los judíos argentinos hoy en día. En general eran pobres y se establecieron en el campo, eran los famosos “gauchos judíos”. Después de la Segunda Guerra, llegaron los sobrevivientes del Holocausto y unos habitantes del norte de África y del Medio Oriente. Por todo esto, efectivamente, los judíos no formaron un grupo monolítico. No hay un único judío representativo ni una única judía representativa.–¿Qué consecuencias tiene el nacionalismo de la década del treinta sobre esta comunidad?–A ver, ya había antisemitismo, como muestra la Semana Trágica de 1919. En esos años ya se identificaba a los inmigrantes judíos, en su mayoría provenientes de Rusia, con el anarquismo y el comunismo. No obstante, el antisemitismo fue más obvio con el golpe del 30 y el surgimiento del nacionalismo de derecha.–Usted se detiene particularmente en el caso del peronismo histórico…–La relación del peronismo con los judíos fue compleja. El gobierno mejoró su situación económica y se opuso al antisemitismo. Se acercó a Israel y regularizó la situación de muchos judíos que habían entrado al país de manera ilegal en las décadas de 1930 y 1940. Moderó la educación católica en las escuelas públicas, que había impuesto el régimen militar de 1943. De hecho, en 1955 la eliminó por completo. Con esto, sumando la creación de la Organización Israelita Argentina y el apoyo al sionismo, buscaba obtener los votos judíos y congraciarse con EE.UU.. No obstante, si bien muchos judíos apreciaban estas políticas, eran pocos los que apoyaban genuinamente al gobierno. Hubo algunas mujeres judías que eran peronistas activas, como por ejemplo Clara Krislavin, la esposa del ministro del Interior Ángel Borlenghi, pero más bien formaban un número reducido. La represión de los comunistas y socialistas, la violencia antijudía de los peronistas nacionalistas durante la campaña del 46 y ciertas políticas que restringían la inmigración de los judíos en comparación con otros grupos, contribuían con esa percepción negativa.–Resulta interesante al respecto el acuerdo entre la Organización Sionista Femenina Argentina y la Fundación Eva Perón como parte de la colaboración del gobierno con el sionismo.–El caso de las asociaciones filantrópicas y sionistas es llamativo. La Sociedad de Damas Israelitas de Beneficencia en Buenos Aires fue el grupo caritativo femenino más importante de la colectividad ashkenazis. Su obra más significativa era el Asilo Argentino de Huérfanas Israelitas, que hospedaba a jóvenes judías de distintos orígenes. Como otras instituciones, habían recibido subvenciones oficiales por muchos años, pero el gobierno peronista corta los subsidios. Debido a la reducción en el flujo de inmigrantes y a la prosperidad creciente de las colectividades, había disminuido el número de huérfanos que necesitaban albergue, y las Damas Israelitas usaron entonces el espacio para alojar a mujeres jóvenes del interior que estudiaban en Capital para ser maestras de hebreo. Ahora bien, por su parte, la Organización Sionista Femenina Argentina mandó ayuda a Israel y esto presentaba problemas, porque un decreto de 1949 prohibía recaudar fondos para iniciativas en el extranjero. Pero, al parecer, una líder importante de la OSFA, Berta de Gerchunoff, llegó a un acuerdo con Evita para enviar cajas de mercadería a Israel con el sello de la Fundación.–Como conclusión afirma que la historia de las mujeres judías ofrece un costado interesante para pensar cómo opera la condición de blanco en Argentina. ¿Por qué?–En los últimos años se ha empezado a estudiar la construcción de raza en la Argentina. Es decir, ¿cuáles son para los argentinos las características de blancura? ¿A quiénes se consideran blancos, y por qué? ¿A quiénes se consideran no-blancos? Según la narrativa histórica prevaleciente, antes del peronismo se construía la nación argentina como “blanca”, y se veía a los inmigrantes como uniformemente blancos. Pero creo que no era necesariamente así para los judíos, ni para los árabes no-judíos, cuya blancura era sospechosa a pesar de sus orígenes europeos y mediterráneos.

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