A primera vista todo está bien. María José abre la puerta de su casa e invita a sentarse en una cocina reluciente en la que no queda rastro del barro. Del “maldito barro”. La luz entra a raudales por la puerta del patio. Todo está impecable y en su sitio. Cuando habla, mira a los ojos y sonríe. Es una sonrisa rara, un poco melancólica, un poco dura, un poco forzada. Es una mujer guapa, de 47 años, con unos rizos rubios que le caen por los hombros. Dice que antes se arreglaba mucho para todo, pero que ya no, que no tiene ganas. Realmente, no tiene ganas de nada. Porque, aunque a primera vista todo esté bien, nada está bien. Seguir leyendo
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