+ SeguirSeguirEl entrenamiento comenzó a las 19, como todos los martes y jueves. En ronda, como de costumbre, Los Espartanos —integrantes del programa de inserción que ya cumplieron su condena y hoy transitan la vida en libertad— escucharon las indicaciones de los entrenadores, Sofía Olmos y Santiago Cerruti.A los pocos minutos, el grupo se dividió en dos. Algunos comenzaron a correr por el predio, que alguna vez funcionó como un estacionamiento y que hoy es el primer espacio propio del Espartanos Rugby Club. Otros realizaron ejercicios de gimnasio, como parte del trabajo de pretemporada. Así, se comenzó uno de los primeros entrenamientos del equipo en su propia sede.Los Espartanos, el programa de reinserción social a través del rugby que lleva más de una década desarrollándose dentro de las cárceles, cuenta hoy con su propio club. La sede, cedida por la Corte Suprema de Justicia bonaerense, está ubicada en Bernardo de Irigoyen 2757, en Boulogne. El predio que se encontraba en desuso, fue otorgado en comodato por cinco años y permitirá que Espartanos Rugby Club cuente, por primera vez, con su propio club. Allí funciona hoy el último eslabón de un recorrido iniciado dentro del penal y que, desde ahora, se proyecta fuera del sistema penitenciario. El espacio fue pensado como un ámbito propio para que quienes recuperan la libertad puedan continuar vinculados al proyecto y sostener el proceso iniciado durante su paso por el programa, al tiempo que se abre también a quienes quieran sumarse al club y compartir esa lógica de entrenamiento, reglas y pertenencia.“Este lugar es nuestro”, dijo Juan Cruz “Chiquito” Suárez, de 35 años. “La idea es portarse bien, cuidarlo, para que cuando salgan otros compañeros también tengan esta oportunidad”.Un grupo de los Espartanos, realizando ejercicios en el nuevo predioRodrigo NéspoloLa creación del club no surge como un punto de partida, sino como una continuidad. La necesidad de contar con un espacio fuera del sistema penitenciario empezó a tomar forma en septiembre de 2024. Durante una visita de jueces e intendentes bonaerenses a las actividades que la fundación desarrolla en la Unidad 48 de San Martín, apareció una pregunta concreta: ¿cómo acompañar mejor el momento posterior a la libertad?De ese intercambio surgió por primera vez la posibilidad de destinar el predio en desuso a la creación de un club. La propuesta comenzó a trabajarse de manera formal con el Poder Judicial bonaerense y fue presentada ante la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires, que acompañó la iniciativa. A lo largo de 2025 se avanzó en las gestiones necesarias y la cesión quedó formalizada en diciembre de ese año.Para Eduardo “Coco” Oderigo, fundador de Espartanos, la creación del club representa la posibilidad de trasladar al afuera un trabajo que comenzó dentro de los penales y que, con el tiempo, fue ampliándose más allá del rugby.Un terreno en desuso, una oportunidadAunque el Espartanos Rugby Club ya existe formalmente y compite desde hace tres años en el torneo formativo de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), hasta ahora entrenaba en espacios prestados y disputaba los partidos en distintas canchas, según la disponibilidad. “La idea es cuidarlo, hacerlo crecer y que se quede para siempre”, explicó Santiago Cerruti.Fernando Dasso, miembro fundador de Espartanos, señaló que contar con un lugar fijo marca un cambio estructural. “Hoy entrenamos en Virreyes y jugamos de local donde alguien nos preste la cancha. Tener nuestra propia sede nos da la oportunidad de empezar a construir un club de verdad”, dijo. Según detalló, el objetivo es que el espacio funcione como punto de encuentro no solo deportivo, sino también para actividades de formación, espiritualidad y acompañamiento, y que a futuro permita proyectar divisiones infantiles y juveniles y abrir el club a la comunidad.Dasso remarcó además que el club no busca ser solo una infraestructura. “Lo que queremos es que los propios espartanos y espartanas se apropien del lugar, en el buen sentido: que participen del mantenimiento, del cuidado, de las decisiones. Que lo cuiden como si fuera su casa”, explicó.Un puenteHasta ahora, uno de los momentos más frágiles del proceso aparecía al recuperar la libertad. “Cuando salís, muchas veces no se te abren las puertas”, explicó Julián Andrés Ojeda, de 31 años, jugador de Espartanos. “Acá encontramos respeto, compañía y la posibilidad de seguir haciendo las cosas bien”.Bandera de Espartanos Rugby Club, visible desde la autopista PanamericanaRodrigo Néspolo“Tener un lugar de pertenencia para recibir a todos los que salen y poder acompañarlos en lo deportivo y en las situaciones que se les presentan en esa etapa era algo que siempre quedaba incompleto”, explicó Cerruti.Dentro del penal, el programa Espartanos ofrece una estructura que ordena el día a día: entrenamientos, formación educativa y profesional, espacios de espiritualidad y una rutina compartida que sostiene hábitos y valores. Al salir en libertad, ese marco se interrumpe y comienza un período de adaptación intenso.En ese contexto, el club aparece como una pieza clave. “El club funciona como un puente entre lo que se construyó dentro del penal y la vida en libertad. Ofrece continuidad, pertenencia y acompañamiento”, señaló Cerruti. Según explicó, no se trata de reemplazar lo que ya existía, sino de fortalecerlo en una etapa decisiva del proceso.Espartanos en mitad de los ejercicios de gimnasio, previo al inicio de temporadaRodrigo NéspoloPara Cerruti, la diferencia entre participar de una actividad dentro de una cárcel y pertenecer a un club es profunda. “Desde el inicio buscamos construir vínculos que generen sentido de pertenencia. Nadie participa por obligación: el primer paso suele ser querer ser parte de un equipo, sentirse incluido y acompañado. Cuando eso se traslada a un club, el sentimiento se profundiza”, afirmó.Desde la mirada de Sofía Olmos, coordinadora de rugby y de la Comunidad Espartana, el club cumple un rol central en la continuidad de esos valores. “Un club es un espacio donde uno aprende, se equivoca, crece y siempre tiene a alguien al lado para acompañar. Es un lugar de pertenencia, de equipo y de responsabilidad compartida”, señaló.El impacto se extiende también al entorno familiar. “Para las familias, el club es un lugar más amable y cercano. Un espacio donde pueden compartir tiempo, verlos entrenar, participar de actividades y sentirse parte de un proceso positivo”, explicó Olmos. En el caso de los hijos, agregó, el vínculo deja de estar asociado exclusivamente a la cárcel y pasa a construirse alrededor del deporte y el esfuerzo compartido.El club también permitió abrir una posibilidad que hasta ahora había sido difícil de sostener: la continuidad del equipo femenino. Mientras que los espartanos que recuperaban la libertad lograron conformar un equipo estable, en el caso de las espartanas esa experiencia había sido intermitente.Hoy, con un espacio propio, esa dinámica comenzó a cambiar. “Esto es un refugio”, contó Sabrina Pioti, de 36 años. “Yo tengo herramientas, estudio, trabajo, pero hay compañeras que no. Saber que hay un lugar afuera para ellas es un montón”.El grito final de “Espartanos”, al cierre del entrenamiento semanal en su nueva sedeRodrigo NéspoloAunque en la Argentina no existe un sistema público unificado que permita medir la reincidencia de manera sistemática, Espartanos realiza un seguimiento propio del recorrido de las personas que participan del programa antes y después de recuperar la libertad. En ese análisis interno, la continuidad del acompañamiento aparece como una variable clave.Para Dasso, el club representa también un salto cualitativo en la visibilidad del proyecto. “Hoy se nos conoce mucho por lo que hacemos dentro de la cárcel. Tener un espacio afuera nos permite trabajar más cerca, no solo con quienes estuvieron privados de la libertad, sino también con sus familias”, explicó.A futuro, el proyecto contempla la construcción de una cancha, vestuarios y espacios de formación que permitan concentrar actividades deportivas, educativas y comunitarias en un mismo lugar. Más que un punto de llegada, el club aparece como una plataforma desde la cual sostener y profundizar un proceso que comenzó dentro del penal y busca consolidarse con las puertas abiertas.El entrenamiento finalizó como comenzó: en ronda. Algunos tomaron la palabra para decir unas pocas frases —agradecimientos, sensaciones del día, mensajes breves— y, con todas las manos juntas en el centro, el grupo gritó “Espartanos” al unísono antes de dispersarse.Por Manuela RovereSan IsidroServicio Penitenciario Bonaerense (SPB)Conforme aOtras noticias de San IsidroZona norte. Dónde conviene vivir cerca del Hipódromo o en el BajoNoche de terror en San Isidro. Un robo, torturas y una pesadilla para un matrimonio, víctima de Los MalditosNuevo capítulo en San Isidro. “En lugar de achicarnos, nos agrandamos; hoy nos gusta tanto la casa que casi dejamos de viajar”
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