Cumple 150 años. El club que formó deportistas olímpicos, sobrevivió a mudanzas y crisis económicas, y tiene una sede fascinante

>LA NACION>LifestyleDesde fines del siglo XIX hasta la pandemia reciente, la entidad del Tigre atravesó brotes sanitarios, derrumbes financieros y restricciones inéditas. Lejos de diluirse, encontró en su comunidad el impulso para volver a empezar24 de febrero de 202604:2211 minutos de lectura’Carolina BravoEscuchar NotaMarzo de 1982. Mediodía en Tigre: el calor obliga a entrecerrar los ojos frente al brillo del agua. Patricia, de blanco, baja con cuidado a una lancha de madera; Osvaldo, de traje celeste, la sigue sin soltarle la mano. La embarcación cruza el río hasta el imponente club sobre pilotes, que parece flotar sobre el Delta. Llegar al casamiento por agua no era común. En aquellos años, el club vivía su auge, con casi 3000 socios y fines de semana que no alcanzaban para todos.Osvaldo y Patricia acaban de decir que sí y cruzan el río en una lancha de madera. Detrás queda la orilla; adelante, la fiesta. En La Marina, llegar por agua no era logística: era parte del ritualGentilezaEse club que parecía sólido ya había aprendido a sobrevivir. Nació el 18 de julio de 1876 en los salones de la Sociedad Española “La Marina”, en la calle Florida, cuando un grupo de inmigrantes españoles decidió fundar su propio club de remo en una ciudad donde el deporte náutico tenía sello mayormente inglés. No fue solo una institución: fue una declaración de pertenencia.El primer escenario fue el Riachuelo. Allí comenzaron a remar, entre astilleros y vapores, en una Buenos Aires que crecía a ritmo portuario. Pero la estabilidad nunca fue definitiva. Crecidas, obras sobre el río y conflictos de tenencia obligaron a sucesivos cambios de sede. La epidemia de cólera de 1886 terminó de quebrar ese equilibrio: el Gobierno incautó la sede del Arroyo Maciel para convertirla en lazareto y luego la incendió por razones sanitarias. El club quedó sin edificio y sin botes.1886, epidemia de cólera: las sedes se convierten en morgues y el Estado ordena incendiarlas. Los clubes lo pierden todo. Obligado a empezar de cero, La Marina se traslada al Tigre, elige nuevas tierras -el actual predio, entonces una isla- y renace después de la pesteArchivoHubo intentos de reorganización en la Dársena Sud, incluso una etapa en una sede flotante. Sin embargo, el crecimiento y la búsqueda de aguas más abiertas fueron desplazando el horizonte hacia el Delta. En 1908 se inauguró una sucursal en Tigre y se compraron terrenos sobre el Río Luján. Dos años más tarde, un decreto nacional ordenó el desalojo definitivo de las instalaciones portuarias. La mudanza dejó de ser provisional y se volvió destino. En 1912, la nueva sede en Tigre consolidó el traslado que el río venía insinuando desde hacía años.Pero la historia del Club de Regatas La Marina, que va a cumplir 150 años, no es de continuidad serena, sino de momentos en los que estuvo a punto de desaparecer.1912. El club inauguró su primer local propio: la revista Caras y Caretas retrató a socios y familias celebrando lo que entonces era un orgullo arquitectónico, tras el desalojo de la Dársena SurArchivo Las tres crisis de La MarinaLa primera crisis no tuvo que ver con números ni balances, sino con la salud. En noviembre de 1886, la epidemia de cólera vació Buenos Aires y convirtió el Delta en refugio. La sede social, cerca del Arroyo Maciel, fue incautada por el Gobierno y transformada en lazareto. Cuando la epidemia cedió, el edificio fue quemado por precaución, dejando al club sin techo ni muelles. Los botes, guardados en un galpón improvisado, se perdieron, borrando parte del patrimonio. El club, nacido en el Riachuelo y luego trasladado a Tigre, debió reinventarse desde cero, sostener la actividad y preservar la comunidad. Lo que parecía un golpe definitivo se convirtió en lección: la verdadera fuerza del club estaba en la lealtad de sus socios y en su capacidad de reconstruir lo que el río y la epidemia casi arrasan.Fachada histórica del Club. La imagen evoca la arquitectura y el ambiente social de la institución en sus primeros añosArchivo El segundo golpe llegó en 2001, de la mano de una de las crisis económicas más grandes en la historia de la Argentina. El club quedó expuesto: las cuotas sociales, motor de instalaciones y botes, dejaron de ser seguras. De 4500 socios, quedaron solo 300. Hubo moratorias, voluntades que sostuvieron la actividad y gestos de socios que siguieron pagando o reparando botes. La lógica fue clara: antes que cerrar, resistir.Del Riachuelo al Delta: fundado en 1876 en La Boca, el club se mudó después a Tigre, donde levantó el edificio que hoy cumple cien años. Se inauguró con el presidente Marcelo Torcuato de Alvear entre los invitados y fue construido por Siemens, con tejas francesas y mármoles traídos de EuropaHernan Zenteno – La NacionPor último, como golpe de gracia, llegó la pandemia del covid-19 y el “aislamiento social, preventivo y obligatorio”. La Marina se vació: no hubo entrenamientos ni reuniones. Y el club sufrió algunos robos. Los delincuentes rompieron vitrales para llevarse el plomo de los marcos, un detalle artesanal ya irrecuperable. Sin embargo, como en 1886 y 2001, La Marina seguía de pie gracias a quienes nunca lo dejaron solo.Patrimonio con cien años a cuestas: el edificio actual -levantado por la empresa alemana Siemens- conserva sus cabriadas originales y una fachada que más de uno comparó con la del histórico Tigre Hotel. Los vitrales, dañados durante la pandemia, hoy cuestan más restaurarlos que empezar de nuevoHernan Zenteno – La NacionDesde los muelles: la voz de socios testigos de la historiaGustavo Louzao (61) es miembro de la comisión directiva, responsable de mantener toda la flota del club. Su vínculo con La Marina empezó casi al nacer: lo llevaron al club a los pocos días de vida y desde entonces nunca se fue. Creció remando, escapándose del colegio para llegar primero y compartiendo la pasión con su hermano Patricio. El club era parte de la historia de su familia: sus padres se conocieron allí, en una fiesta de tango. Para quienes lo conocen, su fanatismo no sorprende: desde el moisés, Gustavo ya estaba adentro del club.Gustavo Louzao, miembro de la Comisión Directiva y comodoro a cargo del mantenimento de todas las embarcaciones.
14/2/2026.Hernan Zenteno – La Nacion-¿Cómo cambió el remo con el paso del tiempo?-Cambió todo. Antes los botes eran de madera, después vino la fibra de vidrio y hoy son de carbono. La evolución del material modificó el deporte. Fabricar un bote de madera era como cocinar: no era solo técnica, era oficio. Había que remachar a mano, pieza por pieza. Hoy eso prácticamente no existe.-¿El club fabricaba sus propios botes?-Sí. En la antigua carpintería trabajaba Mingo Pérez, un artesano. Algunos de los botes que todavía conserva el club tienen entre 80 y 90 años. Hay uno construido íntegramente en esa carpintería, con enchapado especial de cedro que ya no se fabrica más en la Argentina. No hay quién lo haga. Los carpinteros de ese oficio fallecieron y el conocimiento no continuó.La botería del Club de Regatas La Marina, donde los botes de madera esperan nuevas regatas y días de ríoHernan Zenteno – La NacionRemaches de cobre originales en botes centenarios del Club Regatas La Marina. Construidos en cedro y ensamblados con técnicas artesanales que ya no se utilizan, su conservación es cada vez más difícil por la falta de materiales y de oficios especializadosHernan Zenteno – La Nacion-¿Se pueden restaurar?-Es muy difícil. No se consiguen clavos ni remaches de cobre. Le llevás un bote así a un carpintero y te dice que él hace muebles. Pedro Yucciolino, hoy de 81 años y campeón olímpico, todavía conserva el suyo de madera. Lo mantiene él mismo, con ayuda del botero del club. Yo tengo uno de fibra, un doble; pero a la generación de Pedro no le cambiás la madera por nada. Para ellos, el bote no es solo para competir: es parte de la vida.-¿Cuántas embarcaciones tiene hoy el club?-Entre botes y canoas, unas 350. Muchas son de fibra o carbono. Las de madera requieren mantenimiento constante: limpiarlas, pintarlas, revisarlas todos los años. Si no, se deterioran.Botes de madera reposan en la botería y recuerdan sus azañasHernan Zenteno – La Nacion-La botería, el corazón del club, conserva el tablero original.-Claro, son esos numeritos en la pared, cada uno correspondía a un bote en servicio. El socio entregaba el carnet, se colocaba un papelito en el número asignado y así se organizaban las salidas. En otra época estaban todos ocupados. Hoy alcanza con unos treinta casilleros. Cuando yo era chico había un empleado solo para recibir carnets y otro que iba a buscar el bote y lo llevaba a la rampa. Con 4500 socios activos el movimiento era constante. Después de la crisis de 2001 se perdieron más de 3500 socios. Llegamos a tener apenas 300. Ese vacío todavía se siente.La botería cuenta el cambio de época: cuando el club tenía 4500 socios, había empleados que recibían carnets y alcanzaban los botes hasta la rampa. Después de la crisis de 2001, se perdieron más de 3500 socios y el movimiento nunca volvió a ser el mismoHernan Zenteno – La NacionLa pared de la botería conserva los números que identificaban cada bote en servicio. El socio entregaba el carnet y se colocaba un papel en el casillero correspondiente para registrar la salida. Hoy se utilizan muy pocos; en otra época estaban todos ocupadosHernan Zenteno – La Nacion-¿Ese fue su peor momento?-Sí. Después del 2000. Hoy se puede decir que estamos estables, pero si bajamos de 500 socios se complica. Tenemos empleados, cargas sociales, mantenimiento… Hubo períodos en que no se podían pagar los aportes y los socios hicieron cuotas extraordinarias para sostener el club.-¿Hoy cómo se sostiene el club?-Con una administración muy cuidadosa. La prioridad es controlar gastos fijos y destinar recursos al mantenimiento indispensable de la flota y del edificio. No todas las embarcaciones están en servicio: algunas permanecen fuera de uso porque la demanda actual no justifica su puesta en funcionamiento. El nivel de actividad es el que determina el ingreso, y ese ingreso es el que permite sostener la estructura.-La clave son los socios.-Sí. El sistema es directo: más socios implican mayor uso de instalaciones, más cuotas y más movimiento interno. En clubes con infraestructura histórica y costos de mantenimiento elevados, la masa societaria es el factor que define la estabilidad económica.-¿Cambió el ingreso respecto del pasado?-De manera significativa. En los años 60 el solicitante necesitaba el aval de dos socios y el ingreso respondía a un modelo más cerrado. Hoy el procedimiento es administrativo. Solo se verifica que no existan deudas en otra institución -hay un acuerdo entre clubes para compartir esa información-, pero no hay restricciones de perfil ni requisitos de recomendación.De izquierda a derecha: Pancho Bustamante, Gustavo Louzao y Pedro Yucciolino, socios del Club de Regatas La Marina. Yucciolino, atleta olímpico en Múnich 1972, tiene 81 años y rema todos los días desde los 15Hernan Zenteno – La NacionEn verano no todo era remar: había competencias de natación entre clubes, partidos de fútbol y torneos de vóley que llenaban el club de vida social. Hoy esa escena se achicó y hasta el equipo de remo entrena en otra sede, lejos del edificio histórico del clubHernan Zenteno – La NacionEn los años 70, el club vivía otra escala: llegó a reunir entre 3000 y 4000 socios, con filas para jugar al tenis y para entrar a la cancha de pelota paleta. El movimiento era constante, una postal muy distinta a la de hoyHernan Zenteno – La Nacion-¿Cuánto cuesta hoy ser socio?-Un grupo familiar ronda los 200.000 pesos por mes. Muchos vienen en verano por la pileta y después se van. Es lo que llamamos período golondrina. Eso le juega en contra a los clubes tradicionales-También se perdieron las regatas intercolegiales, el semillero del remo.-Totalmente. Grandes remeros argentinos salieron de regatas intercolegiales. Ricardo Ibarra, finalista olímpico en Montreal 1976, empezó así. Jorge Molina también. Cada colegio secundario de Tigre y San Fernando tenía equipo. Los clubes cedían instalaciones sin costo. Después de los 90 eso se discontinuó. No fue por dinero, fue cultural. Cambiaron las gestiones, cambiaron las prioridades.Hoy los entrenadores van a los colegios a buscar chicos. El equipo de competencia ya no entrena acá, sino en la pista nacional, el canal aliviador. El río cambió. Con la cantidad de lanchas y olas es peligroso remar con botes finitos.1943. La revista El Gráfico retrata el torneo intercolegial, semillero de generaciones de remerosArchivoDos socios reparan su bote, manteniendo vivo un oficio que desapareció con el último botero del clubHernan Zenteno – La Nacion-El entorno también cambió.-Muchísimo. Tigre creció, aparecieron barrios privados, gimnasios, otras ofertas. Nosotros no tenemos estacionamiento. Cruzar en lancha es hermoso, pero no a todos les gusta. El club tiene cosas únicas y otras limitaciones.-El imponente edificio de la sede es orgullo de los socios e identidad de La Marina.-Claro. La famosa torre, el mármol traído de Europa, las tejas francesas en la cúpula… La empresa Siemens participó en la construcción. Hay debate entre socios sobre si el estilo es más inglés o más alemán. Se gestionó la declaración como patrimonio cultural, pero mantener todo cuesta mucho. Es un desafío permanente. -También hubo vandalismo.-Sí. Robaron trofeos antiguos de plata antes de la pandemia. No fue al azar: se llevaron copas anteriores a los años 60. A varios clubes de Tigre les pasó lo mismo.Para llegar al Club de Regatas La Marina hay que mirar hacia el agua: está sobre la margen izquierda del Río Luján, justo frente a la desembocadura del Río Tigre.Hernan Zenteno – La NacionVitrina del club que guarda los trofeos y recuerdos de décadas de competencias y logros deportivosHernan Zenteno – La Nacion-¿Qué función cumplió Alberto Demiddi en el club?-Fue nuestro gran referente. Primero como remero, el más grande que tuvo la Argentina. Ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 y fue finalista olímpico en otras dos oportunidades. Después siguió ligado a La Marina como entrenador y director de remo durante muchos años. No solo por sus títulos -los Olimpia de Oro, los Olimpia de Plata, todos los premios que recibió- sino por lo que significó para varias generaciones. Formó remeros, marcó una forma de entrenar y de entender el deporte. Para nosotros fue mucho más que un campeón: fue un símbolo del club.Alberto Demiddi, el remero argentino más importante de la historia, medallista olímpico y luego entrenador del Club Regatas La Marina. Murió en 2000, a los 56 añosGentileza El bote Michelangelo, el último que utilizó Alberto Demiddi y con el que compitió en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972. Tras su fallecimiento en 2000, su familia lo entregó al Club Regatas La Marina como parte de su legadoHernan Zenteno – La Nacion-En sus inicios, el club no era solo remo.-No. Había natación, fútbol, vóley, paleta… Competíamos contra otros clubes de remo. Era vida social. Hoy el equipo de alto rendimiento está en la pista y la actividad acá se redujo.-¿Qué queda entonces?-Queda la historia y queda el agua. A mí me sacás del agua y no soy yo.Orgullo OlímpicoLuego de Gustavo, otro recuerdo toma forma en la voz de María de los Ángeles Millauro (57 años), socia del club desde la infancia y ex representante olímpica en canotaje.-¿Qué recuerdos tenés como socia del club?-Yo pasé por diferentes estadios en mi vida: fui socia desde bebé, hice colonia, natación, tenis… Como en natación no me federaban, me pasé a canotaje y llegué a ser representante olímpica del club.foto familiar en un día de natación en la pileta del club, compartiendo generaciones de recuerdos acuáticosGentileza-¿Además de entrenar, qué otras actividades hacían?-Hacíamos bailes, carnaval, la fiesta de la cerveza, campamentos… Una vez nos agarró una tormenta enorme y terminamos durmiendo en el último piso del edificio de remo, que le decíamos Siberia. Fueron mil historias y recuerdos hermosos.Campamentos en el club de Regatas La MarinaGentileza-¿Volviste al club de grande?-Sí, cuando mi hijo empezó a remar en 2013 retomé como madre y socia grande.-¿Qué significa el club más allá del deporte?-No solo se rema en equipo dentro del bote, también afuera: armar fiestas, rifas, trabajar juntos. Los clubes fomentan el buen roce social, hacer cosas sanas en familia y rodearse de buena gente.Fundado por inmigrantes españoles en el Riachuelo, el Club Regatas La Marina surgió como respuesta al predominio británico del Buenos Aires Rowing Club. En 1886 su primera sede fue incendiada tras funcionar como lazareto y morgue durante la epidemia de cólera; luego, el Estado le otorgó tierras en Tigre para reconstruirseHernan Zenteno – La Nacion-¿Cuál fue tu logro más importante con el deporte?-Representé al club del 83 al 89 y fui representante olímpica en Seúl 1988 en K1 500 m, semifinalista, décimo cuarta en la general. También corrí cuatro veces la regata del Ríoblanco, la más larga del mundo.-¿Qué recuerdos guardás de todas esas experiencias?-Desde los campamentos bajo la lluvia hasta las fiestas de la cerveza, cocinando y armando todo a pulmón con los equipos. Ser parte del club no es solo remar, sino hacer equipo en todo lo que se hace.El premio Nobel Bernardo Houssay, a los 19 años, tras ganar la regata de cuatro remos largos con timonel en mayo de 1906, representando al Club de Regatas La MarinaArchivo30 de octubre de 1927. El club inauguró su sede con el presidente Marcelo Torcuato de Alvear entre los invitados. Las crónicas hablaron de una “brillante fiesta social”, con la escalinata colmada y la institución echando raíces en TigreArchivoAquel día no fue uno más: recibir al presidente en la sede recién inaugurada puso al club en el centro de la escena. El edificio, de líneas modernas para la época, terminó convertido en postal turística dentro y fuera del paísArchivoEl edificio social fue pensado con una lógica clara: separar lo social de lo deportivo y abrir todo lo posible la vista al río LujánHernan Zenteno – La NacionDurante la pandemia, el edificio sufrió actos de vandalismo: rompieron vitrales centenarios para extraer el plomo. Con más de un siglo de historia, la sede es patrimonio arquitectónico y requiere restauración especializada.Hernan Zenteno – La NacionOrgullo deportivo: más de 1700 regatas ganadas y el primer club en llegar a las 1000 victorias en los años 80. Tiene 190 embarcaciones -algunas de madera, con hasta un siglo encima y remaches de cobre- y una carpintería propia que todavía deja marca en cada uno de los 2000 metros de competenciaHernan Zenteno – La NacionComo aquel casamiento de Osvaldo y Patricia, otra pareja se abraza de espaldas en la rampa del club, entre botes y el río, durante una tarde de actividades socialesHernan Zenteno – La NacionTres amigos octogenarios cruzan el arco de entrada del club, abrazados por décadas de historias compartidas: regatas, fiestas, tardes de frío y de verano, y sobre todo, la pasión diaria por remarGentilezaPor Carolina BravoHistorias LNTigreLifestyleConforme aMás notas de Historias LN“La atención que te prestan es inolvidable”. Nació a 120 km de la capital y 4 de la escuela, pero nunca abandonó y cumplió su sueño“Todo en el horno de barro sale mejor”. Tuvo la idea en Australia, cocinó en su casa por dos años y dio el gran salto “Me tiró un like”. 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