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	<title>Segunda Guerra Mundial Archives - Big Latino News</title>
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	<description>Noticias latinoamericanas</description>
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		<title>Cubría el juicio a un militar nazi y descubrió el oscuro pasado de su padre en la Segunda Guerra Mundial</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminabig]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 23 Dec 2023 04:16:27 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Sorj Chalandon se topó con un pasado distinto al que su padre le había contado...</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Sorj Chalandon se topó con un pasado distinto al que su padre le había contado y decidió investigar a fondo su propia historia a pesar del dolor. El padre del escritor y periodista francés Sorj Chalandon le mintió a su hijo hasta en su lecho de muerte. Toda su vida, este hombre lo había convencido de que, durante la Segunda Guerra Mundial, había formado parte de la resistencia francesa contra el nazismo. Pero, antes de morir, le confesó que, en realidad, era un oficial de las SS y que había defendido el búnker de Adolf Hitler en Berlín. Pero, según descubrió Chalandon tiempo después, eso también era mentira.En 1988, Chalandon recibió el Premio Albert Londres por su cobertura del juicio a Klaus Barbie, un alto oficial de las SS durante el régimen nazi conocido como “el carnicero de Lyon” porque torturó personalmente a prisioneros franceses de la Gestapo mientras estaba destinado en aquella ciudad francesa. En ese entonces, su padre le pidió que lo colara en el juicio. El periodista pensó que era para ver cómo juzgaban al nazi que mató y torturó a su íntimo amigo y jefe de la Resistencia, Jean Moulin. Pero algo le llamó la atención.Con un ojo en el juicio y el otro en su padre, Chalandon notó que este sonreía cuando el oficial de las SS hablaba pero se encogía de hombros cuando lo hacían los testigos de la resistencia francesa. Algo no cuadraba. Fue tras ese juicio que su padre le “confesó” su oscuro rol durante la Segunda Guerra Mundial, y así lo creyó hasta su muerte, algunos años después, cuando su hermano le envió un dosier que probaba que había salido en 1946 de una prisión francesa en la que había estado recluido desde antes de mayo de 1945, por lo que no podría haber estado defendiendo el búnker de Hitler.Para desentrañar los oscuros secretos de su padre, Chalandon se sirvió de sus dotes como periodista e inició una investigación al respecto que culminó en su nueva novela, Hijo de un bastardo, con la que fue finalista del Premio Goncourt y permaneció durante meses en todas las listas de los libros más vendidos en Francia.Con una intensidad desgarradora, Hijo de un bastardo (editado por Seix Barral) narra el combate cuerpo a cuerpo de un hijo para liberarse de un padre que “durante cuatro años llevó cinco uniformes distintos”, un hombre misterioso y mitómano que no dudó en traicionar a su patria, a su familia y hasta a sí mismo. Pero mientras explora de forma soberbia las distintas caras del mal, una pregunta incómoda emerge: ¿se puede obviar el historial psicótico de alguien al tratar de explicar su comportamiento?Así empieza “Hijo de un bastardo”[”Hijo de un bastardo” puede comprarse en formato digital en Bajalibros clickeando acá]Domingo, 5 de abril de 1987—Es ahí.Me sorprendí a mí mismo murmurándolo. Ahí, al final de esta carretera.Una comarcal zigzagueante que cruza las viñas y los campos apacibles de l’Ain y luego acomete la subida de una colina entre muretes de piedra y los primeros árboles del bosque. Lyon queda lejos, al oeste, detrás de las montañas. Y Chambéry, del otro lado. Pero ahí no hay nada. Apenas algunas granjas de enormes piedras irregulares al pie de las estribaciones rocosas del Jura.Sentado en un talud, saqué de mala gana mi pluma. No tenía nada que hacer aquí. Abrí mi cuaderno sin apartar los ojos de la carretera.«Fue ahí», hace cuarenta y tres años menos un día.La misma carretera en el horizonte, bajo la luz fría de una primavera idéntica a esta.El jueves 6 de abril de 1944, al amanecer, aparecieron por esa curva. Un Citroën de la Gestapo, seguido de dos camiones civiles conducidos por unos individuos de la zona. Uno de ellos se llamaba Godani, quien luego, de regreso en Brens, en casa de su patrón, dirá:—He hecho un trabajo sucio.Pero esa mañana solo había el ruido del viento y el de un tractor que avanzaba renqueante por el campo.Me puse en marcha lentamente, para retrasar el instante en que aparecería la Casa.Un camino a la izquierda, una larga verja negra de hierro forjado, el zumbido de un abejorro, el enojo de un perro detrás de un granero. Y enseguida el edificio. Macizo, achatado, coronado por una techumbre de tejas onduladas y un tragaluz. Dos pisos con postigos verdes que dominan el valle, racimos de lilas blancas por encima de los setos, diente de león en la hondonada y la gran fuente seca, con sus caños dormidos en medio de un patio con escaso césped.Es ahí.La señora Thibaudet me esperaba al pie de los tres peldaños de la escalinata.—¿Es usted el periodista?Sí, en efecto. El periodista. Le respondí con una sonrisa mientras le tendía la mano.La mujer entró delante. Abrió la puerta del comedor y se quedó inmóvil en un rincón de la habitación, con los brazos caídos. Luego bajó los ojos. Parecía incómoda. Miraba las paredes para evitar mirarme a mí.Yo había alterado su tranquila jornada.Todo el pueblo tuvo conmigo ese mismo azoramiento educado, esos mismos silencios al final de las frases. Tanto los jóvenes como los ancianos.¿Un forastero que va a pie por la carretera que lleva a la Casa? Pero ¿a quién busca? ¿Qué quiere descubrir, tantos años después?Sorj Chalandon, periodista, corresponsal y escritor francés de origen tunecino, ganador del Premio Albert Londres y finalista del Premio Goncourt.  (Eric Fougere &#8211; Corbis/)Izieu estaba harto de oírse decir que todo el pueblo estaba tendido en el suelo delante de los alemanes. Que probablemente un cabrón había denunciado la colonia de niños judíos.¿Quién había sido? Pues mire, podía ser Lucien Bourdon, el labrador lorenés que acompañaba a la Gestapo durante la redada y que se volvió a Metz dos días después. Sí, el crimen podía ser obra de ese traidor, incorporado más tarde a la Wehrmacht y arrestado en Sarrebruck por el ejército americano con el uniforme de un guardia del campo de prisioneros. Pese a todo, por falta de pruebas, no se le había podido achacar el martirio de los niños de Izieu.¿Y quién más? ¿Wucher, el confitero de La Bruyère que había metido a su hijo de ocho años, René-Michel, en la colonia de Izieu con el pretexto de que era revoltoso? Su chico había sido incluido en la redada del 6 de abril con todos los demás, pero lo bajaron del camión durante su traslado a Lyon. Fue liberado por los alemanes delante de la tienda de su padre, ya que no era judío. Wucher enseguida fue considerado como sospechoso por la Resistencia. Habría puesto a su hijo allí para espiar a los otros. Unos días más tarde, aquel hombre fue llevado por los partisanos a los bosques de Murs y fusilado. Sin haber llegado a confesar nada.¿Quién había vendido a la colonia? ¿Había sido denunciada anónimamente? El pueblo estaba cansado de esa pregunta. En 1944, si hubiera habido un delator, podría haber sido cualquiera de sus habitantes. Un pueblo de 146 sospechosos. Y ese gusano quizá viviera todavía allí, recluido en su casa.Venían de todas partes, aquellos niños. Judíos polacos que se habían convertido en jóvenes de París antes de la guerra. Muchachos alemanes expulsados de la región de Baden y del Palatinado. Chicas de Austria que habían huido del Anschluss. Chiquillos de Bruselas y kinderen de Amberes. Francesitos de Argelia, refugiados en la metrópoli en 1939. Algunos incluso habían sido internados en los campos de Agde, Gurs y Rivesaltes y luego liberados clandestinamente por Sabine Zlatin, una enfermera despedida de un hospital lionés por ser judía. Sus padres habían aceptado la separación, pensando que al acabar la guerra se reunirían todos de nuevo. Era su última esperanza. Nadie podría hacer daño a sus hijos. La enfermera Zlatin había encontrado para ellos una casa en el campo, con vistas a la Cartuja y a la cara norte del Vercors. Una colonia de vacaciones. Un remanso de paz.En mayo de 1943, camuflado en un caserío a la entrada de Izieu, ese refugio se convirtió en la Casa de los niños. Un lugar de paso, el eslabón sólido de una cadena de salvamento orientada a otras familias de acogida y a la frontera suiza. Pierre-Marcel Wiltzer, subprefecto patriota de Belley, era quien había sugerido ese refugio a la enfermera polaca y a Miron, su marido.—Aquí estarán tranquilos —les había prometido el funcionario superior.Y lo estuvieron durante casi un año.No había calefacción, sino estufas de leña, tampoco agua corriente. En invierno, para asearse, los educadores calentaban el agua en un caldero. En verano, los niños se lavaban en la gran fuente. Se bañaban en el Ródano. Jugaban en la azotea, desde donde cantaban por las noches. Saciaban su hambre. La subprefectura les había proporcionado cartillas de racionamiento y los adolescentes cuidaban del huerto.En la «Colonia de niños refugiados del Hérault», su nombre oficial, como indicaba el papel timbrado, no había alemanes ni estrellas amarillas. Tan solo el miedo nocturno de los pequeños separados de sus padres. Desde las colinas se dominaban el Bugey y el Delfinado, nada podía ocurrirles. Ni siquiera se ocultaban. La hierba era alta, los árboles, frondosos, sus voces, cristalinas. La guerra estaba lejos.Unos cuantos adultos fueron a ayudar a Sabine y Miron Zlatin.Cuando Léon Reifman llegó delante de la Casa, sonrió:—¡Qué paraíso!Estudiante de Medicina, participó en la creación de la Casa para ocuparse de los niños enfermos. En septiembre de 1943, Sarah, su hermana médica, lo reemplazó. Al joven lo estaba investigando el STO. No quiso poner en peligro la colonia. Los Zlatin también contrataron a Gabrielle Perrier, de veintiún años, nombrada profesora en prácticas en la Casa de Izieu por la inspección académica. Otro regalo del subprefecto Wiltzer. Se le dijo que esos escolares eran «refugiados». Oficialmente, no había ni un solo judío en la colonia. Esta palabra jamás se pronunció. Antes de separarse de sus hijos, los padres les advirtieron del peligro que corrían si llegaban a confesar su origen. Algunos de los que sobrevivieron, ausentes aquel 6 de abril, contaron más tarde que cada uno de ellos se creía el único judío de la Casa. Pero todo el mundo sabía que a la maestra no la engañaban.Klaus Barbie, el oficial de las SS conocido como &#8220;el carnicero de Lyon&#8221;. Cuando Chalandon cubrió su juicio, descubrió un enigma sobre su propio padre que tardaría años en resolver.Durante el año escolar, cuatro adolescentes estuvieron internos en el colegio de Belley. Tan solo volvían a la colonia por vacaciones. Para los más jóvenes se había habilitado un aula en el primer piso. Había allí pupitres, libros, pizarras, todo prestado por los municipios vecinos, y un mapamundi colgado de la pared. La profesora, que nunca se separaba de su silbato, los cuidaba a todos. Tranquilizaba tanto a Albert Bulka, a quien en la colonia llamaban Coco, de cuatro años, como instruía a Max Tetelbaum, de doce.—Aquí era donde daban la clase —soltó la señora Thibaudet.Arriba de la escalera de madera y baldosas hexagonales rojas había un cuarto que parecía un desván. En las paredes blancas, viejas fotos desvaídas con rasgaduras. Imágenes de una plácida vaca, de unos caballos, de una montaña. Un dibujo chovinista mostrando a un gallo y a un niño.Hacía frío.La propietaria dejó vagar la mirada por la pared, una vez más. Con un gesto de la barbilla señaló tres pupitres, medio escondidos en un rincón sombrío.Silencio.—¿Solo quedan esos?—Solo, sí. No se han conservado más que esas mesas.Yo la miré y ella bajó los ojos. Como pillada en falta.—Cuando llegamos, todo estaba húmedo debido a las goteras del tejado. Amontonamos en el patio la ropa, los colchones, y los prendimos fuego.No lograba captar su mirada.—¿Lo quemaron todo?Ella se encogió de hombros. Voz quejosa.—¿Qué quería que hiciéramos con todo eso?Entonces me acerqué al primer pupitre, con su asiento cerrado. En la madera había trazos antiguos de tinta negra.—¿Puedo?La mujer del pueblo no contestó. Se limitó a encogerse de hombros otra vez.Podía.Contuve el aliento y abrí el pupitre. Mi mano temblaba. Dentro, en el batiente, había un papel pegado, el principio de un calendario amarillento, caligrafiado con tinta violeta. «Domingo 5 de marzo de 1944, lunes 6 de marzo, martes 7 de marzo.» El alineamiento de todo un mes.—¿Y esto?La propietaria se inclinó sobre el rectángulo negro cernido de madera.—¿Una pizarra?Sí. La pizarra de uno de los niños, olvidada al fondo del pupitre. Jamás hallada, jamás vista. Jamás del interés de nadie. Una mano torpe había trazado en ella la palabra manzana.Alcé la mirada hacia la mujer. Ella permanecía indiferente. Como si estuviera en otra parte. Se alisaba el delantal con las dos manos.Me volví hacia la pared.Un instante apenas. Nada. Un llanto sin lágrimas. El tiempo de grabar para siempre en mí esas siete letras. Oí incluso el rechinar de la tiza en la pizarra. ¿Quién había escrito esa fruta?Cuando me volví de nuevo hacia la mujer, esta me observaba, molesta.Mi emoción la incomodaba.</p>
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		<title>La hermana de Hitler: las “cartas de Adolf”, el amor por un criminal nazi y su muerte en soledad y con una identidad falsa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminabig]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Aug 2023 04:16:16 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Según algunas fuentes, la única hermana que le quedaba a Hitler desconocía los crímenes de su hermano, mientras otras aseguran que era imposible que no estuviera al tanto del exterminio de judíos y disidentesCuando el 2 de agosto de 1934, tras la muerte del presidente Paul von Hindenburg, Adolf Hitler se convirtió en el Führer alemán al unificar en su persona las funciones del muerto con las suya de canciller del Reich, su hermana Paula estaba en su departamento de Viena y se enteró por las noticias en la radio.Más de una década después, interrogada por los aliados luego de la derrota nazi, confesaría que no se alegró y dio sus razones.“Debo confesar honestamente que hubiera preferido que él siguiera su ambición original y se convirtiera en arquitecto”, le dijo a su interrogador.Te puede interesar: El secreto sobre la Solución Final que Hitler escondió: ¿cuándo supieron los jerarcas nazis del exterminio?Contó que entre 1929 y 1941 lo vio apenas una vez al año y que después no volvió a reunirse con él. Además, aseguró, la ascendente carrera de su hermano mayor hacia el poder le había traído más problemas que beneficios.Por ejemplo, explicó, en 1930 la habían echado de su trabajo como secretaria en una compañía de seguros vienesa por el solo hecho de ser pariente del líder del Partido Nacionalsocialista. Aclaró, eso sí, que desde entonces y hasta su muerte, Adolf la había ayudado con una mensualidad que primero fue de 250 y después de 500 marcos.A 89 años del día en que Adolf Hitler logró acumular la suma del poder en Alemania, la verdadera historia de su hermana Paula -que más tarde pasó a llamarse Paula Wolf por sugerencia del líder nazi (Getty)Según algunas fuentes, la única hermana que le quedaba a Hitler desconocía los crímenes de su hermano, mientras otras aseguran que era imposible que no estuviera al tanto del exterminio de judíos y disidentes.Te puede interesar: La historia del primer judío que escapó de Auschwitz en “El maestro de la fuga”, el nuevo libro de Jonathan FreedlandTambién se discute cuál fue su patrimonio y cómo lo obtuvo durante el nazismo. Paula aseguró siempre que vivió en forma austera, pero hay investigaciones que le adjudican por lo menos dos propiedades, una de ellas de valor inalcanzable para una persona común y corriente.A 89 años del día en que Adolf Hitler logró acumular la suma del poder en Alemania, la verdadera historia de su hermana Paula -que más tarde pasó a llamarse Paula Wolf por sugerencia del líder nazi- es todavía un enigma no resuelto.La hermanita menorPaula Hitler nació el 21 de enero de 1896 en la pequeña comunidad agrícola de Hafeld, Austria. Fue la última de los seis hijos de Alois Hitler y su tercera esposa, Klara. Además, Paula y Adolf fueron los únicos de estos seis hermanos que alcanzaron la mayoría de edad.Era siete años menor que Adolf y cuando nació su madre tenía 36 años y su padre más de 60. “Mis padres eran muy felices pese a tener caracteres muy distintos. Ella era muy cariñosa, mi padre más rudo, especialmente con Adolf. No se llevaban nada bien. Mi padre hasta le pegaba”, relató Paula en la única entrevista que concedió a lo largo de su vida.La relación entre ellos empeoró en 1908, cuando Paula le escribió una carta pidiéndole que no se enrolara en el Ejército. Como toda respuesta, Adolf cortó el diálogo, para retomarla recién cuando su hermana ya era una mujer de 25 años (Grosby)Cuando Paula tenía 6 años, Alois murió, el 3 de enero de 1903, y su madre se hizo cargo de la familia, que se mudó a un modesto apartamento en Linz, Austria. Durante varios años, sobrevivieron gracias a la pensión de Alois.Klara decidió no trabajar para dedicar su vida a sus hijos, pero cinco años después de la muerte de su esposo, le descubrieron un cáncer de mama incurable y murió a los 47 años. Paula tenía 11 años y Adolf estaba por cumplir 18.El hermano mayor se asfixiaba en Linz y tenía aspiraciones artísticas que allí no podía concretar, de modo que mientras Paula quedaba al cuidado de unos familiares, él se mudó a Viena.Pasarían 13 años sin verse, apenas intercambiando cartas. “Cuando escribía era para recomendarme libros. Una vez me envió El Quijote porque pensaba que me divertiría mucho”, contó en esa entrevista.La relación entre ellos empeoró en 1908, cuando Paula le escribió una carta pidiéndole que no se enrolara en el Ejército. Como toda respuesta, Adolf cortó el diálogo, para retomarla recién cuando su hermana ya era una mujer de 25 años.“Dejó de escribirme y sólo le volví a ver, 13 años después en Viena, adonde me trasladé. Me contó que se había ido a vivir a Múnich, persiguiendo el sueño de convertirse en pintor, me habló de sus experiencias durante la guerra, de sus camaradas, de sus heridas y me hacía regalos, lo que para mí, que vivía muy modestamente, era un lujo. Él ya era líder del Partido Nacionalsocialista. Me alegré de que le fuera bien. Luego volvió a Múnich y yo me quedé en Viena ganándome la vida como secretaria en una oficina insignificante”, relató.Trabajó como ama de llaves, en la limpieza de un hospital militar, en un alojamiento judío y finalmente consiguió empleo en una compañía de seguros.Hitler junto a Eva Braun (Grosby)“Frau Wolf”Según Paula, la carrera política de Adolf no demoró en perjudicarla. Por ser la hermana del líder nacionalsocialista en ascenso, la echaron del trabajo. Se defendió diciendo que a ella la política interesaba y que, aunque era hermana de Hitler, no estaba afiliada al partido nazi. La despidieron igual.Entonces le pidió ayuda a Adolf. “Ante las dificultades por las que estaba pasando fui a Múnich a hablar con mi hermano. Me prometió que se ocuparía de mí y, hasta su muerte, recibí 500 marcos mensuales y 3.000 por Navidad”, dijo en la entrevista.Tal vez debido a una verdadera preocupación por Paula o, quizás, para no dejar un flanco débil a sus enemigos políticos, en 1936, cuando ya estaba en la cima del poder Hitler, le propuso que cambiara su nombre, que él mismo se ocuparía de conseguirle los documentos.Le sugirió que adoptara el apellido “Wolf” (Lobo) y no fue una elección caprichosa. El líder nazi creía en el poder del hombre para transformarse en lobo y su preferencia por esa palabra se vería claramente durante la guerra: su primer cuartel en el frente oriental se llamó Wolfsschaze (guarida del lobo), en Bélgica utilizó el nombre en clave Wolfsschlucht (barranco del lobo) y en Ucrania Werwolf (hombre lobo).Paula aceptó, pero con la condición de conservar su nombre de pila y presentarse como Frau Wolf, como si fuera su apellido de casada, para no llamar la atención con el cambio entre sus conocidos.Pronto recibió un pasaporte fue expedido a nombre de “Paula Wolf”, pero con una fecha errónea de nacimiento, ya que figuraba como nacida el 12 de noviembre de 1896 cuando en realidad había nacido en enero de ese año.Según Paula, la carrera política de Adolf no demoró en perjudicarla. Por ser la hermana del líder nacionalsocialista en ascenso, la echaron del trabajo (Grosby)¿Sabía o no sabía?Cuando recibió su nuevo nombre, Paula llevaba dos años en pareja, pero no con un señor de apellido Wolf sino con el psiquiatra y neurólogo vienés Erwin Jekellius.Fue esa relación la que, después de la guerra, hizo sospechar que Paula Hitler – alias Paula Wolf – no era tan inocente como aseguraba y que estaba al tanto de los crímenes del Holocausto.La hermana de Hitler dijo hasta su muerte que conoció a Erwin Jekellius gracias a relaciones sociales que estaban totalmente al margen del ámbito en que se movían los nazis, pero lo cierto es que, a partir de su noviazgo con Paula, la carrera del psiquiatra se disparó.Con el inicio de la guerra se enroló en la Wehrmatch, el ejército alemán, y en 1940 fue nombrado director de una unidad que se ocupaba –al estilo nazi– de niños con discapacidades mentales, desde donde se encargó de provocar la muerte a más de 4.000 discapacitados.Un informe soviético redactado al final de las Segunda Guerra Mundial reproduce una carta supuestamente escrita por Jekellius a sus superiores: “1941, empezamos en nuestra clínica (en Viena) con el exterminio de los niños (&#8230;) mi ayudante, el Dr. Gross, había completado un curso práctico sobre matar niños. Cada mes matábamos entre 6 y 10 niños (&#8230;) el Dr. Gross trabajaba bajo mi dirección. Matamos a los niños según su experiencia e instrucciones. Después de la introducción de Luminal, a través del ano, en el organismo del niño, el niño se dormía inmediatamente y quedaba en este estado durante 20-24 horas. Después, inevitablemente se producía la muerte (&#8230;). En algunos casos, la dosis era insuficiente, entonces el Dr. Gross, siempre después de consultármelo, inyectaba un cóctel mortal a base de morfina para conseguir el objetivo final”, decía.Por alguna razón, el médico perdió la confianza de Hitler, que poco después lo envió al Frente Oriental, donde fue capturado por los soviéticos.Hitler en los balcones de la Cancillería del Reich (Getty) (Historical/)Otro hecho que despertó sospechas sobre Paula fue su patrimonio. Al final de la guerra era dueña de una villa en Weitten, Wachau, restaurada a todo lujo y de un departamento en Viena. Tras la caída de Alemania, las dos propiedades fueron confiscadas –una por los soviéticos y otra por los norteamericanos– y nunca le fueron devueltas.Interrogada por los aliadosLa documentación que la identificaba como Paula Wolf no le sirvió a la hermana de Hitler para escapar de los Aliados. Mientras estuvo detenida, fue sometida a dos interrogatorios por oficiales de inteligencia norteamericanos, el 15 de julio de 1945 y el 5 de junio del año siguiente.En uno de ellos, no solo dijo que no sabía nada del Holocausto, sino que no creía que su hermano lo hubiera ordenado.“No creo que mi hermano ordenara el crimen cometido a innumerables seres humanos en los campos de concentración o que incluso supiera de estos crímenes. Sin embargo, es posible que que en los duros años de su juventud le hayan provocado una actitud antijudía. Pasaba hambre Viena y creía que su fracaso en la pintura se debía al hecho de que el comercio de obras de arte estaba en manos judías”, dijo.La hermana de Hitler dijo hasta su muerte que conoció a Erwin Jekellius gracias a relaciones sociales que estaban totalmente al margen del ámbito en que se movían los nazis, pero lo cierto es que, a partir de su noviazgo con Paula, la carrera del psiquiatra se disparó (Grosby)También lamentó la muerte de Adolf: “El destino personal de mi hermano me afectó mucho. Él seguía siendo mi hermano, sin importar lo que pasara. Su fin me produjo un dolor indescriptible”, declaró y, según un apunte del oficial que la interrogaba, debió interrumpir la entrevista porque estalló en un llanto imposible de detener.Pese a las sospechas, Paula fue finalmente liberada y volvió a Viena, donde sobrevivió con la ayuda de algunos amigos hasta que consiguió trabajo en una galería de arte.En diciembre de 1952 se mudó a Berchtesgaden, donde vivió en un pequeño departamento de dos habitaciones, y luego se mudó a Hamburgo, donde falleció el 1 de junio de 1960.Paula Hitler –alias Paula Wolf– fue enterrada en el Cementerio de Bergfriedhof, pero su tumba ya no existe. Sus restos fueron levantados en 2005 y se desconoce su destino.Seguir leyendo:El infierno cotidiano de los soldados en la Segunda Guerra Mundial: qué comían, el sexo y sus temoresEl “milagro” de Dunkerque: la caótica retirada de 338.226 soldados encerrados por los nazis y el enigma de la orden que Hitler no dioEl día que Mengele llegó a Auschwitz y los siniestros “experimentos científicos” que lo llevaron a ser “el ángel de la muerte”</p>
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